Desde la historia del Génesis hasta la actualidad, siempre la cuestión del pecado y el pecador ha estado asociada a cosas rojas.  A lo grave, a lo suntuario a veces. Por eso las estolas, las togas, son rojas. Es el color bravío, del desafío. Del placer también. De la locura.Para las antiguas culturas, el rojo era el color del Dios Marte. 

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Ella tiene una boca que difiere de otras. Una boca sangrante de historias pero que cuando sonríe el mundo se ilumina. Ella es dueña de la luz del universo que mora en la cola de los cometas y en la especie extinguida de las mujeres de los suelos fenicios e hititas.

Cuando ella abre su boca erguida en lo alto de su talla, el mundo y el entorno calla para escuchar su susurro. Cuando luce su uniforme, su gorra o su sus vestidos maravillosos, su boca corona con hidalguía esa maravilla de la naturaleza, entre lo puro y lo profano.

Describo sus dientes con la precisión del escribiente egipcio lo hacia con las reinas. Porque es -como todas las mujeres- para ser considerada una reina. Recuerdo y recordaré siempre sus pies hinchados por el trabajo el día que realizamos la sesión de fotos, porque es una incansable trabajadora y estudiante. Como no valorar y apreciar a esta persona, de corazón tan humilde y espìritu bohemio, de luces y guirnaldas colgadas de su alma que recorre con ilusiones sus veinte años.

Uno no puede dejar de admirar esas blancas piezas dentales que como guardianes silenciosos, de unas fauces que como delicada consorte, se abstienen de narrar  lo bello, lo malo, lo feo. Porque ella tiene la virtud enorme y trascendente de poder comunicar las cosas con la mirada. En un mundo de derrotas, tragedias y colapso, sus labios y sus dientes elevan a la miseria humana a los límites del redentor y del climax visual, proponiendo un juego de sutiles gradientes emocionales con los cuales se diferencia de las demás.

Gracias Micky, por haber confiado en mí. Haremos cosas maravillosas.

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