Quedan pocas cosas con magia. Una de ellas: los balcones. Con moho, humedad y rajaduras, el balcón expresa una sinfonía brutal del sentimiento. El balcón habita en la nostalgia poderosa de la memoria, en la retina prodigiosa de nuestra infancia, cuando niños nos aventurábamos a pasar por debajo de ellos. Mas adelante, leímos los clásicos: Romeo y Julieta. En las historietas del “Zorro” o en las series de televisión de los años sesenta, aparecía siempre el balcón. Como elemento idílico en la composición de la película o la novela, es el balcón donde se dan los besos apasionados, se suscitan los suicidios màs inesperados, se tiran las cartas hacia el viento.

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Es el balcón el lugar de los encuentros fortuitos. Cuando el amante tiende las sabanas sigilosas a veces húmedas y se descuelga. O el instante en cuanto la piedrecita con la carta tirada desde abajo golpea el borde. El momento exacto donde la dama salta al carruaje debajo y el amante triunfal la lleva en su carro hacia una vida.

Amo los balcones porque son una de las pocas cosas que existen con magia. El balcón en sí, es un discurso poderoso en la letanía de la vida que sugiere la rapidez y la velocidad del ascensor. Es el balcon la contracara del hall lustroso y fugaz. Es el balcón el responsable de hacernos imaginar cosas que hacen que la mente vuele y alterne con la ficción.

Que seríamos sin balcones!! -es el balcón donde las almas se encadenan.!

Por eso, esta imagen. Tomada en un balcón en una tarde cualquiera. Y con balcones de fondo, a la distancia.

Gracias Rocío, por ser parte de esta historia, y darle vida al balcón de mi existencia, que sigue transcurriendo por este octubre que persigue sigiloso a un 2016 que se despide.

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